miércoles, 7 de noviembre de 2012

Retiro Espiritual Acción Católica. Noviembre 2012

Este mes han comenzado ya los retiros en la Sede del Consejo diocesano. A continuación publicamos las orientaciones para el retiro de este mes.
San Juan, Apóstol y Evangelista

Dos etapas en su vida separadas por un largo silencio de casi medio siglo. Los pormenores de la primera quedan consignados en la Biblia, y los de la segunda en la Tradición. Curiosamente, la carencia de datos entre una y otra época es casi absoluta.
Los Santos Padres de la primera hora beben de su doctrina, espiritualidad y unción cristocéntrica. Papías de Hierápolis, Policarpo de Esmirna, Ignacio de Antioquía, Ireneo de Lyon, le tratan en persona o se forman con los que le habían conocido.
Dios le concedió largos años de vida para que fuese pilar granítico de la Iglesia en aquella hora decisiva en que luchaba contra la gnosis. Asegurado quedaba también el porvenir de la Iglesia para las futuras generaciones, que había profetizado en sus visiones del Apocalipsis.
Juan, hermano de Santiago el Mayor, era hijo de Zebedeo y de Salomé. Era de Betsaida, a orillas del lago de Tiberíades. Los hijos del matrimonio fueron también pescadores y gozaban de posición desahogada. Tenían jornaleros, poseían por lo menos una barca. Su madre servía a Jesús con su hacienda. Veinte años escasos tendría Juan cuando vio a Jesús por primera vez a orillas del Jordán. El más joven de sus discípulos nace una decena después del Maestro. En la ancianidad conserva fresca la memoria para contarnos con lujo de detalles el primer encuentro impregnado de suavidad (Jn 1, 35-40).
Es la primera vocación, junto con Andrés, hermano de Simón: «Se quedaron con Él aquel día. Sería la hora décima». Desde entonces camina al lado de Cristo. Es uno de sus discípulos más ardientes, goza de sus confidencias y su intimidad. Con Pedro y Santiago acompaña a Jesús en la resurrección de la hija de Jairo, en la Transfiguración y en Getsemaní.
Se dice que Pedro es amigo de Cristo, pero Juan recoge las más dulces ternuras de Jesús el reclinarse en su pecho en la cena (Jn 13, 23). Nos trata de una mera distinción verbal, pues Juan se autodefine con sencillez como «aquel discípulo a quien amaba Jesús» (Jn 21, 7). San Jerónimo se encarga de explicarnos esta predilección: «Juan, que era virgen, permaneció siempre virgen. Por eso fue el discípulo amado y reclinó su cabeza en el Corazón de Jesús. Es el privilegio de Juan. Mejor, el privilegio de la virginidad. Basta decir que el Señor virgen puso a su Madre virgen en manos del discípulo virgen».
En el terrible suceso que nos cuenta Mt, en el huerto de los olivos, «los discípulos todos, abandonándole, huyeron» (Mt 26, 56). Juan reacciona pronto, sigue a Jesús, aunque sea de lejos. Va de tribunal en tribunal, le acompaña durante su Vía Crucis y está firme y sereno al pie de la cruz.
Después de la Pascua, cuando la presencia de Juan en Palestina ya no era tan necesaria, la destrucción de Jerusalén y la muerte de Pablo motivan su traslado a Éfeso. Era la ciudad en la que más tiempo había permanecido Pablo. Ahora comienza la segunda fase de la vida de Juan. Se convierte en la presencia apostólica y garante de la verdad del Señor en la provincia romana de Asia, en la actual Turquía. Él mismo nos dice en el Apocalipsis que estuvo desterrado en Patmos. Finalmente regresa a Éfeso, donde terminará su vida.
La tradición más antigua y mejor atestiguada sostiene su longevidad y larga permanencia en Éfeso. Allí muere suspirando las últimas palabras del Apocalipsis: «Ve, Señor Jesús» (Ap 22, 20).
San Agustín compara a Juan con una montaña: «Montañas son las almas grandes, colinas las pequeñas. Las montañas reciben la paz para que las colinas puedan recibir la justicia, la fe. Juan es esa montaña… Se compara al águila pues levanta su predicación mucho más alta que los otros. A esta misma altura quiere llevar nuestros corazones».
Juan se sirve de la historia para iluminar el misterio del Verbo Encarnado. En la ancianidad recoge aquellos recuerdos que han alimentado su corazón. Hay quien dice que en el evangelio de Juan «todo en él habla de la caridad». Se ve al discípulo amado, al que entró en la intimidad del Señor, al hijo querido de María. Como dice Orígenes, «el evangelio de Juan es imposible entenderlo sin entrar en el Corazón de Jesús y tener a la Virgen por Madre».
En el Apocalipsis Juan describe como vidente las persecuciones en cadena que serán la historia de Cristo-Iglesia. En sus páginas vemos lo que sucede a cada bautizado que ofrece su vida a la fidelidad. Es una cálida predicación a la constancia en los sufrimientos, porque el triunfo es de Cristo seguro. Jesús, el Cordero inmolado por nosotros, es Quien dirige en la historia los designios de Dios. Atraviesa el mundo como guerrero invencible. El dragón ha caído a la tierra por la fuerza del Cordero, y su rabia misma es signo de que ha sido derrotado. El Apocalipsis es el himno de la confianza y la seguridad cristiana, el manifiesto de la esperanza contenida.
La liturgia es el espejo de la Escritura y la Tradición. En la antífona liminar de la misa de San Juan nos presenta su vida desde que miró a Jesús y se dejó mirar por Él: «Éste es el Apóstol que durante la cena reclinó su cabeza en el pecho del Señor. Conoció los secretos divinos y difundió la Palabra de vida por toda la tierra». «Llegar a comprender y amar de corazón lo que Tu apóstol nos dio a conocer», es lo que pedimos en la oración colecta de la Misa.
Un tema característico de los escritos de Juan es el amor. En esos escritos una cosa es segura: San Juan no hace un tratado abstracto, filosófico, o incluso teológico, sobre lo que es el amor. No, él no es un teórico. En efecto, el verdadero amor, por su naturaleza, nunca es puramente especulativo, sino que hace referencia directa, concreta y verificable, a personas reales. Pues bien, san Juan, como Apóstoles y amigo de Jesús, nos muestra cuáles son los componentes, o mejor, las fases del amor cristiano, un movimiento caracterizado por tres momentos.
El primero atañe a la Fuente misma del amor, que el Apóstol sitúa en Dios, llegando a afirmar que «Dios es amor» (1Jn 4, 8.16). Conviene notar que no afirma simplemente que «Dios ama» y mucho menos que el «amor es Dios». En otras palabras, Juan no se limita a describir la actividad divina, sino que va hasta sus raíces. Además, no quiere atribuir una cualidad divina a un amor genérico e impersonal; no sube desde el amor hasta Dios, sino que va directamente a Dios. De esta forma san Juan quiere decir que el elemento esencial constitutivo de Dios es el amor y, por tanto, que toda actividad de Dios nace del amor y está marcada por el amor: todo lo que hace Dios, lo hace por amor y con amor, aunque no siempre podamos entender inmediatamente que eso es amor.
Dios ha demostrado concretamente su amor al entrar en la historia humana mediante la persona de Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros. Este es el segundo momento constitutivo del amor de Dios. No se limitó a declaraciones orales, sino que se comprometió de verdad y «pagó» personalmente. Así, el amor de Dios a los hombres se hace concreto, ha llegado hasta el derramamiento de sangre.
El cristiano al contemplar este «exceso» de amor, no puede por menos de preguntarse cuál ha de ser su respuesta. Esta pregunta nos introduce en el tercer momento de la dinámica del amor: al ser destinatarios de un amor que nos precede y supera, estamos llamado al compromiso de una respuesta activa, que para ser adecuada ha de ser una respuesta de amor. Juan habla de un mandamiento que refiere en estas palabras: «Que os améis los unos a los otros» (Jn 13, 34). Se trata de un mandamiento nuevo, pero ¿dónde está la novedad a la que se refiere Jesús? Radica en el hecho de que Él no se contenta con repetir lo que ya había exigido el Antiguo Testamento: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19, 18). En el mandamiento antiguo el criterio normativo estaba tomado del hombre («como a ti mismo»), mientras que, en el mandamiento referido por san Juan, Jesús presenta como motivo y norma de nuestro amor su misma persona: «Como yo os he amado».
Así el amor resulta de verdad cristiano, llevando en sí la novedad de Cristo, tanto en el sentido de que debe dirigirse a todos, como especialmente en el sentido de que debe llegar hasta las últimas consecuencias, pues no tiene otra medida que el no tener medida.
Las palabras de Jesús «como yo os he amado» nos invitan y a la vez nos inquietan; son una meta cristológica que puede parecer inalcanzable, pero al mismo tiempo son un estímulo que no nos permite contentarnos con lo ya alcanzado. No nos permite contentarnos con lo que somos, sino que nos impulsa a seguir caminando hacia esa meta.
Ese áureo texto de espiritualidad que es el librito de la tardía edad media titulado La imitación de Cristo escribe al respecto: «El amor noble de Jesús nos anima a hacer grandes cosas, y mueve a desear siempre lo más perfecto. El amor quiere estar en lo más alto, y no ser detenido por ninguna cosa baja. El amor quiere ser libre y ajeno de toda afición mundana (…), porque el amor nació de Dios, y no puede aquietarse con todo lo criado, sino con el mismo Dios. El que ama vuela, corre y se alegra, es libre y no embarazado. Todo lo da por todo; y todo lo tiene en todo; porque descansa en un Sumo Bien sobre todas las cosas, del cual mana y procede todo bien» (L. III, c. 5).
¿Qué mejor comentario del mandamiento nuevo del que habla san Juan? Pidamos al Padre que lo vivamos, aunque sea de modo imperfecto, tan intensamente que contagiemos a las personas con quienes nos encontramos en nuestro camino.  

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