lunes, 23 de julio de 2012

Desconocer a Jesucristo es la pobreza más grande


El obispo de Valencia, Carlos Osoro, nos recuerda que estamos en un periodo de "nueva evangelización". Es un tiempo para mostrar el camino de la felicidad, para entregar el verdadero arte de vivir. Y esto tiene un rostro y un nombre: Jesucristo".



Arte de vivir y “nueva evangelización

Una de las cuestiones más importantes que deben de preocuparnos es poder responder a la pregunta ¿cómo llegar a ser hombre, a ser persona? Y es que aprender a ser hombre es todo un arte. Un arte que no se puede aprender en cualquier escuela o con cualquier maestro. Solamente aprendiendo este arte uno encuentra la felicidad auténtica y verdadera. En toda la Iglesia hoy estamos hablando de “nueva evangelización”. Vamos a tener un Sínodo de Obispos en el que se va a reflexionar sobre este tema tan importante y tan urgente. Quiero haceros algunas reflexiones que, entiendo, son importantes siempre, pero aún más, y muy especialmente, en este momento que vive nuestra Iglesia Diocesana con el Itinerario Diocesano de Renovación. La Iglesia, a través de los últimos Sucesores de Pedro, nos esta invitando a hacer la “nueva evangelización”. El Beato Juan Pablo II nos decía que debía ser “nueva en ardor”, “nueva en método” y “nueva en expresión”.

La pobreza más grande y la riqueza verdadera

El Papa Benedicto XVI ha repetido en infinidad de ocasiones que la pobreza más grande viene a la existencia del hombre cuando hay incapacidad para alegrarse, cuando hay hastío de la vida, cuando la vida no tiene metas y, en lo más profundo del corazón del hombre, es vista en muchos momentos como absurda y tremendamente contradictoria. ¿Por qué ésa es la pobreza más grande? Porque vivida la vida así, hay incapacidad para amar, surgen la envidia y la avaricia y, además, llegan a la existencia y a la historia los vicios más grandes que son devastadores para el hombre. Estamos en tiempo de pobreza, se desconoce a Jesucristo. Por eso, la Iglesia habla de “nueva evangelización” e invita a todos los cristianos a realizarla. En la “nueva evangelización”, como en toda evangelización auténtica, de lo que se trata es de mostrar el camino de la felicidad, de entregar el verdadero arte de vivir. Y esto tiene un rostro y un nombre: Jesucristo. Por eso, Jesús dice al comienzo de su vida pública: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor... Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 18-19. 21).

Para salir de la crisis, una “nueva evangelización

Somos conscientes de que se está viviendo una crisis profunda en nuestra sociedad, que tiene sus manifestaciones en la economía, pero que va mucho más allá, es mucho más profunda. No podremos salir de ella, si es que no acercamos a los hombres a que asuman en su vida el verdadero arte de vivir. Hay que poner todos los medios para ello. Y es que hay que sacar de un pozo muy profundo al ser humano que ha querido vivir desde sí mismo y por sí mismo, abandonando la experiencia cercana de Dios que se nos ha revelado en Jesucristo y que es quien nos lleva por el camino verdadero, en el cual encontramos la felicidad para nosotros y para todos los hombres. La Iglesia siempre ha enseñado este camino con su evangelización, cuando celebra la Eucaristía cada día, cuando administra los sacramentos, cuando anuncia la Palabra, cuando se empeña por hacer presente el amor de Dios viviendo la caridad hasta el extremo. Pero, sin embargo, la Iglesia observa cómo invade el relativismo la vida de los hombres, cómo aumenta la descristianización, cómo hay pérdida de valores humanos esenciales. Por eso, el empeño de la Iglesia en hacer una “nueva evangelización” para llegar a todos los hombres, para hacerles escuchar que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. Esto obliga a buscar nuevos caminos, nuevas vías para llevar el Evangelio al corazón de todos los hombres. Hay que hacerlo con el método de Dios. Viene bien recordar siempre la parábola del grano de mostaza (cf. Mc 4, 31-32). La “nueva evangelización” tiene que someterse al misterio del grano de mostaza.

La originalidad del nuevo método en la “nueva evangelización

El método para hacer esta “nueva evangelización” tiene que ser el de siempre, dar espacio a Aquél que es la Vida en nuestra vida. Es el mismo método de Jesucristo: “Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis” (Jn 5, 43). El distintivo del Anticristo es su hablar en nombre propio. El signo del Hijo es la comunión con el Padre. El Hijo nos introduce en la comunión trinitaria, en el círculo eterno del amor, en el acto puro del donarse y del acogerse. Es Jesucristo quien nos muestra la forma de vida del verdadero evangelizador y nos dice que la evangelización no es simplemente una forma de hablar sino una forma de vivir, como es vivir a la escucha y hacerse voz del Padre. Son necesarios los métodos, son necesarios los modos nuevos de comunicación, pero esto, por sí solo, no logra ganar a la persona en la profundidad a la que debe llegar el Evangelio. Nosotros no ganamos a los hombres, debemos obtenerlos de Dios para Dios. Todos los métodos son vacíos si es que no tienen su base en la oración. Por otra parte, la vida de Jesucristo es un camino hacia la cruz, una ascensión a Jerusalén; Él no redime al mundo con bellas palabras, sino con su sufrimiento y con su muerte. No podemos dar vida a otros, sin dar nuestras vidas. Esta pasión es la fuente inagotable de vida por el mundo: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde” (Jn 12, 24-25).

Contenidos esenciales de la nueva evangelización

Los contenidos que ha de tener la “nueva evangelización” son estos cuatro: la conversión, la predicación del Reino de Dios, mostrar el rostro de Jesucristo y anunciar la vida eterna:
1) La conversión, es decir, asumir aquellas palabras de Jesús: “Convertíos y creed en la Buena Noticia” (Mc 1, 15). La conversión es volver a pensar con novedad, es poner en discusión el propio modo de vivir, es dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida, es comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios. Se trata de acoger el don de una nueva amistad, la de Jesucristo. Es el don de la comunión con Cristo y el don de vivir esta amistad en comunidad, como novedad que es.
2) La predicación del Reino de Dios, es decir, el anuncio del Dios viviente. El Reino no es una cosa, el Reino es Dios. Reino de Dios quiere decir: Dios existe, Dios vive. Dios es la realidad más presente, viva y decisiva de mi vida. Hablar de Dios y hablar con Dios es fundamental. Pongamos nuestra vida ante la presencia del misterio.
3) Mostrar el rostro de Jesucristo, es decir, sólo en Cristo y a través de Cristo el tema de Dios se vuelve concreto, es el Dios con nosotros. Cristo se ofrece como camino de mi vida. Hagamos el seguimiento de Cristo, que es asimilarnos a Cristo, vivir la comunión con Él. Y, por tanto, la cruz pertenece al misterio de Dios y es expresión de su amor. Omitir la cruz es olvidar la esencia del cristianismo.
4) Anunciar la vida eterna, es decir, abrir nuestro corazón y nuestra vida a la misericordia de Dios. Solamente si la medida de nuestra vida es la eternidad, también la vida sobre la tierra es grande y su valor, inmenso. Dios, dándonos su vida y haciéndonos partícipes de la misma, garantiza nuestra vida y nuestra grandeza.

La pobreza más grande y la crisis más fuerte que llegan siempre a la vida es cuando dejamos de hablar de Dios y del hombre, porque lo son todo.

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia 



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